Nos conocimos el año del Fin del Mundo.
Yo, auto destructiva. Tú, alegría e inspiración.
La luna cómplice de nuestro primer beso.
Tu violín en el suelo pero esa noche sonó música.
Tu corazón encerrado por haber amado a quien no se lo merecía, mi corazón virgen.
Desnudaste tu alma delante de mí, equivocándote otra vez.
Me enseñaste a desnudar la mía.
Los dos salimos perdiendo.
Todas las noches nos contábamos los lunares, por si alguno había osado escapar.
Los bares de copas fueron nuestra segunda casa.
Tu cama mi lugar favorito en el mundo.
Tu cuello mi refugio.
Yo te quise, tu me amaste.
Es por eso que con la primera piedra que se interpuso en nuestro camino quise huir.
Y huí.
Y volví, y me dejaste volver.
Y ya no te merecía.
Y huí.
Y volví, y me dejaste volver.
¿Por qué?
Porque yo te quise pero tu me amaste.
Volvías a recomponer los pedazos de nosotros que yo iba destrozando.
Tan egoísta de mí, que volví a huir.
Haciendo daño.
Te dejé con el corazón sangrando.
También me dejé a mí.
Me dejé olvidada en algún lugar, y pasó tiempo hasta que me encontré.
Estaba predestinado, pues todo empezó y terminó con el Fin del Mundo.
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